sábado, febrero 23, 2008

LA NARIZ DE DON PABLO

No me resisto a fusilar, enterito, el artículo de la semana pasada del tremendo, maravilloso Incitatus. Siempre merece la pena leerle, pero de vez en cuando produce perlas únicas, como la que sigue:

La nariz de don Pablo


Llego pronto, a deshora, al Museo Reina Sofía. Me he escapado de mi trabajo, pero prefiero que me riñan antes que seguir tirando de las bridas de mi corazón, que me pide, que me exige correr a los brazos desabridos de Pablo Picasso. No sé por qué. Ese malagueño y yo nunca nos hemos llevado bien. Yo, que tanto defiendo y he defendido siempre el arte del siglo XX, me he cabreado más de una vez, me he sentido inerme, incomprensivo, a veces bobo, Dios sabe que hasta burlado, por ese señor. En cuántas ocasiones no lo he entendido y me he preguntado si había, en realidad, algo que entender. Vermeer de Delft pintó menos de treinta cuadros en toda su vida, me decía, y los comprendo todos, los interiorizo, los sé de memoria. Picasso pintó más de cinco mil. Es imposible que pase lo mismo. En algún momento se tuvo que equivocar. En algún instante tuvo que hacer el gilipollas. Mozart, en 36 años de vida, escribió 41 sinfonías. La inmensa mayoría son obras maestras incontestables. Pero es imposible crear cinco mil obras maestras. Ni Picasso ni nadie, coño. Eso rezongaba yo mientras me bajaba del taxi ante el “Sofidú” tan malamente ampliado por Jean Nouvel. Pero mi corazón tiraba de mí y de mi desgana, y por una razón: “Estos son los cuadros que nunca vendió”, sonaba en mi alma, allá abajo, “estos son los cuadros de los que no fue capaz de desprenderse, los que le acompañaron siempre. O sea, los que más quería. Su espejo”.

Me pongo a mirar. Desnudo femenino de pie, acuarela en rojos grises y negros. Tres desnudos, una cosa de madera que hizo. Estudio para “Cabeza de mujer” (Fernande), algo que me recuerda mucho al gran Mingote. Paso ante un cuadro de mediano tamaño que se llama Cabeza. El cartelito dice que está hecho con tiza, carboncillo y papeles diversos. No me interesa. Y en esto me tiran de la manga:

–¿Qué hace aquí que no está usted en Arco? ¿No ve que no hay nadie?

Yo doy un respingo, claro, pero trato de ser amable:

–No me interesa mucho Arco. Eso es una feria, algo para comprar y vender. Publicidad. Una tómbola. El arte es otra cosa.

El tipo me mira con una sonrisa de indudable desprecio:

–Ah, ¿sí? ¿Y qué es el arte?

Yo no sé qué decir, esa es una discusión que ha llevado años de mi vida y jamás he sabido qué contestar a esa pregunta terrible, nunca. Pero el tipo, que se me antoja agresivo, exige una respuesta, no puedo escapar:

–Supongo que el arte es lo que uno encuentra después de haberlo buscado mucho.

El hombre cambia de cara sin dejar de mirarme, ensaya una sonrisa que no le sale (pero lo intenta; el tipo es feo) y vuelve a ese cuadro, Cabeza, que ya he decidido que no me interesa.

–¿Usted ha visto qué nariz?

–Ahí no hay ninguna nariz.

–Ah, ¿no la ve?

Me vuelto a mirar al tipo. La verdad es que casi da miedo. Pálido, ojeroso, con una mirada de hambre. Se le hunden las mejillas grises bajo los pómulos. Lleva una barba y un bigote cortos, negruzcos, que sirven de cárcel a unos labios macilentos y casi sin sangre. Tiene frío, eso está claro. Un frío azul, que es el peor de todos los fríos. Lleva un gabán oscuro, astroso, que le viene muy grande, con el cuello abrochado hasta la perilla. El tipo parece tener tanto frío que está, repito, azul.

–Pues no, no la veo. Oiga, ¿se encuentra bien? ¿Tiene usted frío?

El tipo rezonga, francamente molesto, habla entre dientes, “¡no ve la nariz!”, y me arrastra por la sala vacía, de un sitio a otro. Me lleva hasta un pulcro Retrato de hombre con sombrero y bigote, pintado en 1900.

–¿Y ahora?

–Hombre, sí. Ese tipo tiene nariz. Enorme. Pero ¿qué tiene que ver con?...

–¡Menos mal! ¡Pensé que estaba usted ciego! ¿Y éste?

En el papelito de la pared dice Autorretrato, París, otoño de 1901. Es un torso desnudo con un corte de pelo como el que llevábamos de pequeños en los jesuitas. Sonrío:

–Tiene razón. Vaya nariz.

El tipo asiente, muy nervioso, y vuelve a tirar de mí. “¿Y éste?” Es la Comida frugal de 1901. Dos figuras, pan y plato. Sí, vaya nariz. Los estudios para un autorretrato. La mujer de las dos manos juntas, de Aviñón, en 1907… El tipo: ¿“Qué ve? ¿Qué ve, eh?” Yo empiezo a entrecerrar los ojos porque no creo lo que veo, no me fío de mí:

–Pero si es la misma nariz… La misma nariz en todos los cuadros…

–¡Pedazo de idiota! ¡No es la misma nariz!

–¿Cómo que no?

–¡Venga para acá!

El Desnudo sentado. El Desnudo con toalla. Las figuras que Picasso pinta debajo de un árbol. Hombres, mujeres, da igual. Es él, ¡es él! ¡Es su nariz! ¡Picasso estaba pintándose a sí mismo en todos sus cuadros! ¡Esos cuadros en los que jamás pasa nada, en los que sólo hay gente, y siempre es él! El tipo, cada vez más nervioso:

–¿Y qué ve aquí, eh?

Es la Cabeza de hombre, de 1910-11. Un montón de líneas pintadas en un papel con carboncillo, geométricamente dispuestas, que no parecen tener sentido alguno. Puro cubismo.

–Bueno, aquí no hay nariz ni hay nada.

–¡¿Cómo que no?! ¡Fíjese bien, idiota!

Me fijo. Me fijo mucho, muchísimo. Me fijo tanto que, sin darme cuenta, echo a volar, o mejor dicho algo etéreo se desprende de lo que yo soy, de lo que yo puedo tocar de mí, y empieza a rozar el papel del cuadro, a empaparlo con una niebla que no lo moja; lo acaricia, lo envuelve, lo traspasa. Yo ya no sé dónde estoy, si delante o detrás; no sé si soy el tipo que mira el cuadro o ese algo que, desde detrás del cuadro, mira, al tipo bobo que mira el cuadro. ¿Desde detrás o desde dentro del cuadro? No lo sé… Pero sí sé que ahora veo, en aquel batiburrillo de líneas, clarísima, nítida, la nariz, la inconfundible nariz; y la tristeza, y el desamparo, y las sombras del miedo, y la soledad, y la voluntad. Todas esas líneas son lo que… Eso que… La materia que… Quiero decir, la puerta que se abre para…

El tipo me sacude por el brazo.

–¿Lo ha visto?

–Creo que sí –suspiro.

–Bien. Pues no lo olvide. No es la misma nariz, nunca lo fue, sino la nariz. El concepto de nariz. Los impresionistas descubrieron que las cosas no son cosas, sino la luz que se posa sobre ellos. Eso es lo que les da sentido, forma y vida. Cézanne descubrió que las cosas tampoco son cosas. Son formas geométricas, líneas, objetos en un espacio; formas que, en realidad, nacen y obedecen a unas leyes difíciles y apasionantes: las de la simplicidad. Una nariz nunca es una nariz. Es un trazo volátil pero certero en el que convergen todas las narices. Es la nariz. Luego, claro, cuando lo pones en papel o en lienzo, llegan las variaciones, pero si el artista llega a comprender cómo es, cómo se llega al concepto fundamental, a la esencia de lo que quiere hacer, pues todo está ya casi hecho. Lo demás es técnica, que, ya sabe usted, o se tiene o no se tiene, pero eso sí se aprende en las academias. Pero lo otro, el llegar a desentrañar la esencia de una forma y atreverse a darle vida propia, ¡vida propia por encima de lo que la mayoría de la gente entiende por realidad, o sea por lo común!, eso es hacer arte, querido amigo. Por cierto, aquí hace frío, ¿sería usted tan amable de invitarme a tomar un café con leche?

–No faltaba más.

Bajamos a la calle. A la luz inverniza de la tarde lo vi mejor. El tipo seguía teñido de un inexplicable color azul. La barba y el bigote ralos, la cara de hambre, huesuda; los ojos grandes y cansados… El gabán siempre abrochado hasta arriba… Yo no me atrevía a decirle nada. El hombre se tomó tres cafés con leche y un bocadillo de jamón. Me miraba. Yo creo que me oía pensar. Al final me dijo:

–Creo que no entiende del todo lo que hemos visto ahí, donde los cuadros. Ande, venga conmigo. Casi nadie ve lo que es importante. ¿Usted se ha fijado en lo que hay ahí fuera? No, ¿verdad?

En la acera, en medio de la gente que iba y venía, una mujer mendigaba. Estaba sentada en el suelo y trataba de atraer la atención con un pequeño artefacto mecánico: un caballo y un jinete de plástico (vestido éste de cowboy) que daban vueltas en torno a un poste, sujetos ambos por un cordel blanco. El aparato producía una musiquilla que apenas se oía.

–¿Qué le parece? –dijo el tipo.

–Pues…

–¿No ve la nariz?

–¿Otra vez? ¿Qué dice? ¿Qué nariz?

–¡Ah, no aprenderá usted nunca! ¡Fíjese, hombre! ¡Fíjese bien!

Me llevó unos segundos, quizá un minuto y medio, pero les juro a ustedes que, en una de aquellas vueltas, el cordel blanco del juguete se rompió, o se soltó, o se desanudó, no lo sé; el caballo y el cowboy quedaron libres; el tipo que hablaba conmigo se subió a la grupa y vi cómo, tras un relincho, se echaron a galopar viento arriba, hacia las nubes de febrero. Por cierto: qué nariz tenía el hombre.

–¡Las cosas nunca son como parece que son! –me gritó Picasso, sonriente y azul, ya desde lo alto–; ¡Y dele un beso de mi parte a Julio Cebrián, que él sabe de esto más que nadie!

En unos pobres segundos lo perdí de vista.


Ilustraciones de Julio Cebrián

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5 Comments:

At 24/2/08 00:36, Anonymous Anónimo dice...

Me encant� "La piel fr�a". Quiero m�s monstruos.

Beso ratoncita.

Capi.

 
At 9/3/08 19:33, Anonymous Anónimo dice...

Me ha encantado el post, si que es muy bueno! Por cierto, no os prodigais nada!!!!

 
At 20/4/08 14:18, Anonymous Anónimo dice...

por que no escribis mas a menudo?

 
At 26/4/08 22:37, Blogger pablo leval railfe dice...

Yo trabajé montando esa exposición de Picasso. Algún día me tocó quedarme hasta tarde, con el museo cerrado,sin gente, sin guardias, a solas con él... Las paredes vacías y recién pintadas, las esculturas tapadas con papel tisú, a solas con él, con El Anciano: el es el retablo de narices, la narizota final, el anciano es conocido por otros nombres, como por ejemplo "El Guernica" (nada que ver con Picasso).
Y El Anciano así visto, solo y a solas, es el manual perfecto, el mas exacto de los mapas, para encontrar la esencia de Picasso: Picasso es una nariz.

 
At 24/6/08 18:30, Anonymous Anónimo dice...

Bonito blog.
¿Por que no sigues?

 

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