sábado, febrero 23, 2008

LA NARIZ DE DON PABLO

No me resisto a fusilar, enterito, el artículo de la semana pasada del tremendo, maravilloso Incitatus. Siempre merece la pena leerle, pero de vez en cuando produce perlas únicas, como la que sigue:

La nariz de don Pablo


Llego pronto, a deshora, al Museo Reina Sofía. Me he escapado de mi trabajo, pero prefiero que me riñan antes que seguir tirando de las bridas de mi corazón, que me pide, que me exige correr a los brazos desabridos de Pablo Picasso. No sé por qué. Ese malagueño y yo nunca nos hemos llevado bien. Yo, que tanto defiendo y he defendido siempre el arte del siglo XX, me he cabreado más de una vez, me he sentido inerme, incomprensivo, a veces bobo, Dios sabe que hasta burlado, por ese señor. En cuántas ocasiones no lo he entendido y me he preguntado si había, en realidad, algo que entender. Vermeer de Delft pintó menos de treinta cuadros en toda su vida, me decía, y los comprendo todos, los interiorizo, los sé de memoria. Picasso pintó más de cinco mil. Es imposible que pase lo mismo. En algún momento se tuvo que equivocar. En algún instante tuvo que hacer el gilipollas. Mozart, en 36 años de vida, escribió 41 sinfonías. La inmensa mayoría son obras maestras incontestables. Pero es imposible crear cinco mil obras maestras. Ni Picasso ni nadie, coño. Eso rezongaba yo mientras me bajaba del taxi ante el “Sofidú” tan malamente ampliado por Jean Nouvel. Pero mi corazón tiraba de mí y de mi desgana, y por una razón: “Estos son los cuadros que nunca vendió”, sonaba en mi alma, allá abajo, “estos son los cuadros de los que no fue capaz de desprenderse, los que le acompañaron siempre. O sea, los que más quería. Su espejo”.

Me pongo a mirar. Desnudo femenino de pie, acuarela en rojos grises y negros. Tres desnudos, una cosa de madera que hizo. Estudio para “Cabeza de mujer” (Fernande), algo que me recuerda mucho al gran Mingote. Paso ante un cuadro de mediano tamaño que se llama Cabeza. El cartelito dice que está hecho con tiza, carboncillo y papeles diversos. No me interesa. Y en esto me tiran de la manga:

–¿Qué hace aquí que no está usted en Arco? ¿No ve que no hay nadie?

Yo doy un respingo, claro, pero trato de ser amable:

–No me interesa mucho Arco. Eso es una feria, algo para comprar y vender. Publicidad. Una tómbola. El arte es otra cosa.

El tipo me mira con una sonrisa de indudable desprecio:

–Ah, ¿sí? ¿Y qué es el arte?

Yo no sé qué decir, esa es una discusión que ha llevado años de mi vida y jamás he sabido qué contestar a esa pregunta terrible, nunca. Pero el tipo, que se me antoja agresivo, exige una respuesta, no puedo escapar:

–Supongo que el arte es lo que uno encuentra después de haberlo buscado mucho.

El hombre cambia de cara sin dejar de mirarme, ensaya una sonrisa que no le sale (pero lo intenta; el tipo es feo) y vuelve a ese cuadro, Cabeza, que ya he decidido que no me interesa.

–¿Usted ha visto qué nariz?

–Ahí no hay ninguna nariz.

–Ah, ¿no la ve?

Me vuelto a mirar al tipo. La verdad es que casi da miedo. Pálido, ojeroso, con una mirada de hambre. Se le hunden las mejillas grises bajo los pómulos. Lleva una barba y un bigote cortos, negruzcos, que sirven de cárcel a unos labios macilentos y casi sin sangre. Tiene frío, eso está claro. Un frío azul, que es el peor de todos los fríos. Lleva un gabán oscuro, astroso, que le viene muy grande, con el cuello abrochado hasta la perilla. El tipo parece tener tanto frío que está, repito, azul.

–Pues no, no la veo. Oiga, ¿se encuentra bien? ¿Tiene usted frío?

El tipo rezonga, francamente molesto, habla entre dientes, “¡no ve la nariz!”, y me arrastra por la sala vacía, de un sitio a otro. Me lleva hasta un pulcro Retrato de hombre con sombrero y bigote, pintado en 1900.

–¿Y ahora?

–Hombre, sí. Ese tipo tiene nariz. Enorme. Pero ¿qué tiene que ver con?...

–¡Menos mal! ¡Pensé que estaba usted ciego! ¿Y éste?

En el papelito de la pared dice Autorretrato, París, otoño de 1901. Es un torso desnudo con un corte de pelo como el que llevábamos de pequeños en los jesuitas. Sonrío:

–Tiene razón. Vaya nariz.

El tipo asiente, muy nervioso, y vuelve a tirar de mí. “¿Y éste?” Es la Comida frugal de 1901. Dos figuras, pan y plato. Sí, vaya nariz. Los estudios para un autorretrato. La mujer de las dos manos juntas, de Aviñón, en 1907… El tipo: ¿“Qué ve? ¿Qué ve, eh?” Yo empiezo a entrecerrar los ojos porque no creo lo que veo, no me fío de mí:

–Pero si es la misma nariz… La misma nariz en todos los cuadros…

–¡Pedazo de idiota! ¡No es la misma nariz!

–¿Cómo que no?

–¡Venga para acá!

El Desnudo sentado. El Desnudo con toalla. Las figuras que Picasso pinta debajo de un árbol. Hombres, mujeres, da igual. Es él, ¡es él! ¡Es su nariz! ¡Picasso estaba pintándose a sí mismo en todos sus cuadros! ¡Esos cuadros en los que jamás pasa nada, en los que sólo hay gente, y siempre es él! El tipo, cada vez más nervioso:

–¿Y qué ve aquí, eh?

Es la Cabeza de hombre, de 1910-11. Un montón de líneas pintadas en un papel con carboncillo, geométricamente dispuestas, que no parecen tener sentido alguno. Puro cubismo.

–Bueno, aquí no hay nariz ni hay nada.

–¡¿Cómo que no?! ¡Fíjese bien, idiota!

Me fijo. Me fijo mucho, muchísimo. Me fijo tanto que, sin darme cuenta, echo a volar, o mejor dicho algo etéreo se desprende de lo que yo soy, de lo que yo puedo tocar de mí, y empieza a rozar el papel del cuadro, a empaparlo con una niebla que no lo moja; lo acaricia, lo envuelve, lo traspasa. Yo ya no sé dónde estoy, si delante o detrás; no sé si soy el tipo que mira el cuadro o ese algo que, desde detrás del cuadro, mira, al tipo bobo que mira el cuadro. ¿Desde detrás o desde dentro del cuadro? No lo sé… Pero sí sé que ahora veo, en aquel batiburrillo de líneas, clarísima, nítida, la nariz, la inconfundible nariz; y la tristeza, y el desamparo, y las sombras del miedo, y la soledad, y la voluntad. Todas esas líneas son lo que… Eso que… La materia que… Quiero decir, la puerta que se abre para…

El tipo me sacude por el brazo.

–¿Lo ha visto?

–Creo que sí –suspiro.

–Bien. Pues no lo olvide. No es la misma nariz, nunca lo fue, sino la nariz. El concepto de nariz. Los impresionistas descubrieron que las cosas no son cosas, sino la luz que se posa sobre ellos. Eso es lo que les da sentido, forma y vida. Cézanne descubrió que las cosas tampoco son cosas. Son formas geométricas, líneas, objetos en un espacio; formas que, en realidad, nacen y obedecen a unas leyes difíciles y apasionantes: las de la simplicidad. Una nariz nunca es una nariz. Es un trazo volátil pero certero en el que convergen todas las narices. Es la nariz. Luego, claro, cuando lo pones en papel o en lienzo, llegan las variaciones, pero si el artista llega a comprender cómo es, cómo se llega al concepto fundamental, a la esencia de lo que quiere hacer, pues todo está ya casi hecho. Lo demás es técnica, que, ya sabe usted, o se tiene o no se tiene, pero eso sí se aprende en las academias. Pero lo otro, el llegar a desentrañar la esencia de una forma y atreverse a darle vida propia, ¡vida propia por encima de lo que la mayoría de la gente entiende por realidad, o sea por lo común!, eso es hacer arte, querido amigo. Por cierto, aquí hace frío, ¿sería usted tan amable de invitarme a tomar un café con leche?

–No faltaba más.

Bajamos a la calle. A la luz inverniza de la tarde lo vi mejor. El tipo seguía teñido de un inexplicable color azul. La barba y el bigote ralos, la cara de hambre, huesuda; los ojos grandes y cansados… El gabán siempre abrochado hasta arriba… Yo no me atrevía a decirle nada. El hombre se tomó tres cafés con leche y un bocadillo de jamón. Me miraba. Yo creo que me oía pensar. Al final me dijo:

–Creo que no entiende del todo lo que hemos visto ahí, donde los cuadros. Ande, venga conmigo. Casi nadie ve lo que es importante. ¿Usted se ha fijado en lo que hay ahí fuera? No, ¿verdad?

En la acera, en medio de la gente que iba y venía, una mujer mendigaba. Estaba sentada en el suelo y trataba de atraer la atención con un pequeño artefacto mecánico: un caballo y un jinete de plástico (vestido éste de cowboy) que daban vueltas en torno a un poste, sujetos ambos por un cordel blanco. El aparato producía una musiquilla que apenas se oía.

–¿Qué le parece? –dijo el tipo.

–Pues…

–¿No ve la nariz?

–¿Otra vez? ¿Qué dice? ¿Qué nariz?

–¡Ah, no aprenderá usted nunca! ¡Fíjese, hombre! ¡Fíjese bien!

Me llevó unos segundos, quizá un minuto y medio, pero les juro a ustedes que, en una de aquellas vueltas, el cordel blanco del juguete se rompió, o se soltó, o se desanudó, no lo sé; el caballo y el cowboy quedaron libres; el tipo que hablaba conmigo se subió a la grupa y vi cómo, tras un relincho, se echaron a galopar viento arriba, hacia las nubes de febrero. Por cierto: qué nariz tenía el hombre.

–¡Las cosas nunca son como parece que son! –me gritó Picasso, sonriente y azul, ya desde lo alto–; ¡Y dele un beso de mi parte a Julio Cebrián, que él sabe de esto más que nadie!

En unos pobres segundos lo perdí de vista.


Ilustraciones de Julio Cebrián

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lunes, febrero 11, 2008

AL PAN, PAN, Y AL VINO, VINO

El pan duro no significa lo mismo en una prisión que en un plato de alta cocina. Un tono de gris, si está pintado por Picasso, puede reemplazar todos los colores y cualquiera que pinte un cuadro completamente negro o completamente blanco debería saber mucho de colores. Por eso, no subestimo en absoluto el valor del negro y del blanco, del pan y del agua, porque, como artista, no se puede vivir sólo a base de pasteles y vino.

Heinz Mack, catedrático de arte y escultor alemán.

Leído en ABC.


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domingo, octubre 14, 2007

¿QUÉ ES LA BELLEZA?

La belleza no tiene nada que ver con la moral. No coincide con la estética. No es solo estética. La belleza es un conjunto de cosas, como la música... es intangible. La belleza es la consecuencia de una reflexión individual.

Oliviero Toscani, fotógrafo, en esta interesante entrevista.


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jueves, octubre 11, 2007

CON CUATRO APRUEBO

Siempre he pensado que la política no pasa de ser un punto de vista, por importante que pueda ser en nuestras vidas, y que el arte y el pensamiento deberían (cosa que rara vez ocurre) estar por encima de ella. Lo que no quiere decir que no haya relación y reflexión en las dos direcciones, pero sin perder la perspectiva. Porque, cuando se pierde la perspectiva, ocurren cosas como la que les vamos a mostrar a continuación. Se trata de un vídeo que ha difundido Juventudes Socialistas para promocionar la asignatura Educación para la Ciudadanía:



Reconozco que lo de "Gosé María Aznar" es bueno... Intereconomía ha contestado al vídeo con este otro:



Señores, así no vamos a ninguna parte. Que no somos taaaaaan tontos como para que nos tengan que explicar las cosas con caramelitos. Si eso es en lo que se ocupan la Juventudes de los diversos partidos; es más, si eso es en lo que se ocupan sin darse cuenta del ridículo que hacen, vamos mal, muy mal...

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domingo, julio 29, 2007

...Y EL PROTECTOR SOLAR

Me envía Anonimia este vídeo que no está nada mal. Algunas de las cosas que dice son obvias, aunque solemos olvidarlas, y otras son bastante interesantes. Me gusta especialmente la de "La competición es larga, y al final solo compites contra ti mismo". La traducción es un tanto libre, también, por cierto.




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jueves, junio 07, 2007

ORDEN Y SOCIEDAD

"Orden no es una presión que desde fuera se ejerce sobre la sociedad, sino un equilibrio que se suscita en su interior."

Ortega y Gasset, Mirabeau o el político.

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domingo, junio 03, 2007

LOS AMORES RIDÍCULOS

Hace poco recibí un regalo maravilloso e inesperado: El libro de los amores ridículos, de Milan Kundera. Hasta ese momento (por favor, no me juzguen muy severamente por lo que estoy a punto de confesarles) yo pensaba que Milan Kundera había escrito La insoportable levedad del ser (libro imprescindible donde los haya) y poco más, y que había muerto hace años. No me pregunten por qué porque no lo sé. Tal vez simplemente porque nadie me dijo lo contrario y yo tampoco me molesté en averiguarlo. Una estupidez como cualquier otra (como cualquier otra de las gordas): el gran checo sigue vivo, sigue escribiendo y tiene más libros (y relatos, y ensayos...) que poco tienen que envidiarle a La insoportable levedad del ser. De hecho, en su club de fans están organizando un chat con él. Así que este regalo ha sido maravilloso por partida doble: por el libro en sí, del que les voy a hablar ahora mismo, y porque me ha abierto la puerta al resto de la obra de Kundera, que pienso devorar en cuanto tenga ocasión. Y qué caray, porque me ha sacado de un error de los im-perdonables.


El libro de los amores ridículos es un conjunto de relatos ("Nadie se va a reír", "La dorada manzana del eterno deseo", "El falso autoestop", "Symposion", "Que los muertos viejos dejen sitio a los muertos jóvenes", "El doctor Havel al cabo de veinte años" y "Eduard y Dios"), en torno al amor, el deseo, la belleza (y la pérdida de ella), las esquinas oscuras del pensamiento y de los sentimientos, el sexo, la infidelidad... Son historias a veces imbricadas y divertidas, casi de comedia de enredo, y a veces más lineales en el argumento pero emocionalmente muy complejas. En estos relatos, Kundera teje el humor con la ironía y, cómo no, la reflexión profunda y un conocimiento impresionante de la naturaleza humana.


Les entresaco algunos de mis fragmentos favoritos. En el primero, un grupo de médicos que está de guardia comienza a charlar, y una de ellos dice a otro que es un Don Juan, a lo que responde el médico jefe que el interpelado no es un Don Juan, sino la muerte misma, porque arrasa con todas. A lo que responde el seductor:


-Si me corresponde a mí decidir si soy Don Juan o la muerte, debo inclinarme, aunque a disgusto, por la opinión del jefe —dijo Havel y dio un buen trago—. Don Juan era un conquistador. Un conquistador con mayúsculas. El Gran Conquistador. Pero, por favor, ¿cómo puede uno pretender ser conquistador en un territorio en el que nadie se resiste, donde todo es posible y todo está permitido? La era de los donjuanes ha terminado. El descendiente actual de Don Juan ya no conquista, solo colecciona. El personaje del Gran Conquistador ha sido reemplazado por el del Gran Coleccionista, pero el Coleccionista ya no es, en absoluto, Don Juan. Don Juan fue un personaje de tragedia. Cargaba con una culpa. Pecaba alegremente y se reía de Dios. Era un blasfemo y acabó en el infierno.


»Don Juan llevaba sobre sus espaldas una carga que el Gran Coleccionista ni siquiera puede imaginar, porque en su mundo toda carga ha perdido su peso. Las rocas se han convertido en plumas. En el mundo del Conquistador una mirada tenía el mismo peso que en el imperio del Coleccionista tienen diez años del más intenso amor físico.


»Don Juan era un señor, mientras que el Coleccionista es un esclavo. Don Juan transgredía alegremente las convenciones y las leyes. El Gran Coleccionista no hace más que cumplir, con el sudor de su frente, las convenciones y la ley, porque el coleccionismo se ha convertido en algo de buena educación, en algo bien visto y casi en una obligación. (...)


En este otro fragmento, los dos protagonistas se hacen pasar por Milos Forman y su ayudante a la búsqueda de exteriores para una película, con el objeto de ligar con una muchacha. Ella les dice que tiene que llevar la lechuga a su madre, pero que enseguida volverá para acompañarles. Sin embargo, pasa el rato y la niña no vuelve...


-Oye, Martin, creo que ya no vendrá —dije por fin.

-¿Cómo te lo puedes explicar? Si esa chiquilla creía en nosotros como en Dios.


-Sí —dije—, y esa fue nuestra desgracia. Nos creyó
demasiado.

-¿Y qué? ¿Acaso querías que no nos creyese?

-Probablemente hubiera sido mejor. El exceso de fe es el peor aliado —aquella idea me entusiasmó; empecé a divagar—: Cuando crees en algo al pie de la letra, terminas por exagerar las cosas
ad absurdum. El verdadero partidario de determinada política nunca se toma en serio sus sofismas, sino tan solo los objetivos prácticos que se ocultan tras esos sofismas. Las frases políticas y los sofismas no están, naturalmente, para que la gente se los crea; su función es más bien la de servir de disculpa compartida, establecida de común acuerdo; los ingenuos que se los toman en serio terminan antes o después por descubrir las contradicciones que encierran, se rebelan y al final acaban vergonzosamente como herejes y traidores. No, el exceso de fe nunca trae nada bueno y no solo a los sistemas políticos o religiosos; ni siquiera a un sistema como el que nosotros queríamos emplear para conquistar a la chiquilla.

-Me parece que ya no te entiendo —dijoMartin.

-Es bastante comprensible: para esta chiquilla éramos
solo dos señores serios e importantes.

-¿Y entonces por qué no nos hizo caso?

-Porque creía demasiado en nosotros. Le dio a su mamá la lechuga y en seguida se puso a hablarle de nosotros entusiasmada: de la película histórica, de los etruscos en Bohemia y la mamá...

-Ya, lo demás ya me lo imagino... —me interrumpió Martin levantándose del banco.

Enlaces:

Más fragmentos de Milan Kundera

Descargas recomendadas (emule):

El libro de los amores ridículos.

... Y cualquier otro de Kundera.


"¡Tengo dicho que no me molesten cuando estoy leyendo el Marca!"

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lunes, abril 02, 2007

APADRINE UNA PALABRA

Decía Antonio Gala que no hay forma más terrible de morir un pueblo que la de ir quedándose, poco a poco, mudo. Igual las hay más terribles, pero desde luego no más ignominiosas.

Jamás he estado de acuerdo con aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor. A mí lo de poder saber cuando quiera qué está pasando en otra parte, la posibilidad de obtener información sobre casi cualquier tema en cuestión de segundos, de acceder por un precio más o menos módico (el del ADSL) a música y libros que de otra forma no habría podido obtener, de comunicarme con ustedes, que están tal vez al otro lado del país o del globo, y conocer sus opiniones y que me cuenten sus cosas, me parece la octava maravilla del mundo. Pero la sociedad de la información, como todo, tiene sus desventajas.

Comenzamos (y en ello seguimos) con ese púlpito multitudinario en el templo de la Santa Banalidad que es la caja tonta. No tengo nada en contra de un poco de distracción y relax, faltaría más. Lo que me enerva es que sea omnipresente y sagrada. Que alguien llegue a argumentar, totalmente en serio, que "si lo han dicho por la tele tiene que ser verdad". Eso es muy peligroso si las intenciones del que está tras la pantalla son aviesas, y si no, también. A veces olvidamos que la tele la hace gente tan estúpida (de acuerdo, tan humana) como podamos ser nosotros, y que se equivocan como todos hacemos. Pero lo que sale en la tele no puede ser erróneo, no puede estar mal; y con eso llegamos a que una metedura de pata, que en la vida de fuera de la pantalla se tapa un poco, se le echa la culpa al que pase primero y santas pascuas, cometida tras la pantalla se propaga como un virus, incuestionada e incólume, por todas partes. Y así es como podemos hablar con toda naturalidad de catástrofes humanitarias (qué majas ellas) o de violencia de género (¿de qué género?) o de la espiral de violencia (¿por qué es siempre una espiral?). El vocabulario se unifica, y llega un momento en que uno quiere expresar algo y no sabe hacerlo con otras palabras que no sean las cuatro de la tele que ha escuchado miles de veces.

En internet la cosa cambia. La Red ha dado la oportunidad de escribir a gente que vale mucho pero escribe como afición, y a personajes como yo a los que ningún editor en su sano juicio publicaría una sola letra. Hay muchas voces y muy distintas, y eso es enriquecedor. Pero tiene sus pegas lingüísticas, también: el autor no tiene por qué dar la cara ni pasar filtro alguno, y se encuentra uno las barbaridades que se encuentra. Qué más da lo que escriba ni cómo, si nadie me conoce. Y en los chat, la palabra escrita tiene una vida tan breve que casi se diría que no merece la pena mimarla un poco.

Pero sí que merece la pena. El lenguaje es la herramienta con la que pensamos, con la que nos comunicamos: produce humanos inteligentes y sociedades fructíferas. Forma parte de nuestra identidad y nuestra memoria, como individuos y como seres sociales. Es importante.

Les cuento todo esto, por cierto, porque Escuela de escritores y la Escuela de escritura del Ateneo de Barcelona han tenido una iniciativa muy CPA para preservar vocablos: una campaña de apadrinamiento de palabras en peligro de extinción. Se pueden apadrinar (gratis) aquellas palabras que a cada uno le gusten y que apenas se usan, con lo que corren el riesgo de perderse para siempre. Pueden escogerse en catalán o español, y con las que se recopilen harán una reserva de palabras. Yo ya he apadrinado la mía: oligofrenia, que me encanta. ¿Cuál sería la suya?

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domingo, marzo 25, 2007

HUMANO, DEMASIADO HUMANO

"Humano, demasiado humano", citaba una y otra vez a Nietszche el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique en El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz, probablemente la novela más tierna, irónica, absurda y desgarradoramente maravillosa que nunca haya leído. Una de esas novelas que, una vez terminadas, uno no puede dejar de recordar a cada momento aunque pasen los años, y que hay que tener en la mesilla de noche por si alguna vez uno se despierta y necesita leerla de pronto. Después vinieron otras de Bryce: La amigdalitis de Tarzán, Un mundo para Julius... y las disfruté, aunque como Octavia (para abreviar) ninguna.

Me acabo de enterar de que este hombre, este grandísimo escritor, este personaje entrañable, ha plagiado, y por lo visto más de una vez. Hombre, don Alfredo. Que lo haga la Etxebarría, que lo haga Ana Rosa Quintana, pero ¿usted? Usted sí sabe escribir. Sin embargo, ganó el Premio Planeta 2002 con una novela, El huerto de mi amada, que era una auténtica patata: por poco ni la termino, don Bryce, menudo tostón sensiblero que nos coló usted. Y ahora se nos pone a plagiar. Una no puede evitar preguntarse por qué... Será que tiene usted ya sesenta y ocho años y demasiada literatura a sus espaldas. Será que, como el Martín Romaña de Octavia, al final de sus días, solo quiere que le dejen tranquilo para pasar el día observando la respiración de un sapo. No lo sé.

No trato de justificar sus actos, en absoluto. Es solo que me entristecen las cosas a las que este asunto de ser humanos, demasiado humanos, nos lleva a veces.

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jueves, marzo 08, 2007

HOY COMO OTRO DÍA

Aquí irían las palabras de todos aquellos que, por la razón que sea, tienen vedado el acceso a la cultura.


















































































































Enlaces:

Analfabetismo en el mundo

Alfabetización y mujer

Hombres y mujeres en la docencia: algunas estadísticas

Profesorado universitario: porcentajes por categoría y género

¿Por qué hay menos mujeres artistas?

¿Hay arte masculino y arte femenino?

Mujeres y jazz

¿Por qué la mujer necesita un Día Internacional?

Entrada suscrita por el equipo CPA al completo.

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viernes, marzo 02, 2007

¡CALENTITO, CALENTITO! ¡LA POLÉMICA ESTÁ SERVIDA!

Manuscrito, imprenta, internet, divulgación masiva de obras, derechos de autor, piratería, anonimia, autoría, seudónimo, nicknames, individuo, colectividad, egocentrismo, cobardía, el sujeto como creador de un proceso creativo, el proceso creativo en la transformación del autor, autoridad, desautorización, des-autorización, no-autor, censura, manipulación, libertad de expresión…

¿Por qué nos gusta complicarnos la vida?
¡Por no hacer nunca las cosas sencillas!
¡Por reinventar todos los conceptos!
¡Y por darle la vuelta a la tortilla!

Vamos a ver, les aseguro que mi intención primera era mucho más sencilla: hablar del anonimato en las obras musicales; toda la música popular tradicional, capítulos enteros en la música antigua y de la Edad Media... Pero lamento decirles que no he encontrado apenas información. Así que queda pendiente.

A cambio, me encontré con un debate que está en la mesa; sobre todo, parece ser, en el campo de la filosofía y la literatura.

Les aseguro que antes de buscar información sobre la anonimia en las obras artísticas, creía saber lo que era un autor, pero si les digo la verdad ya no lo tengo tan claro...

Parece imposible ver la tele, oír la radio o alquilar una película sin encontrase con uno de los debates más actuales y polémicos, que es la protección de los derechos de autor. En sí, el discurso que todos conocemos es que los derechos de autor se proclaman como los defensores de la cultura frente a la piratería. En uno de estos anuncios dice que si robamos las ideas nos quedaremos sin cultura o que ésta se volverá más pobre. Creo que el estribillo de esta copla dice algo así como:

"El eMule sí, el eMule no,
el eMule niña me lo bajo yo."
(Entonar con la melodía de La Tarara).

Además de esto, internet ha ofrecido más controversia en cuanto al concepto de autor. Los blogs, la gente que escribe bajo seudónimos (¡huy!, como yo), los nicknames. El hecho de que cualquiera pueda escribir cualquier cosa y publicarla bajo costes mínimos merece sin duda una gran reflexión.

Para ello vamos a analizar un poco el concepto de autor. De entrada podemos pensar que esto es muy sencillo: alguien hace una obra y es su autor. Como la obra no existiría si no hay autor, éste es importante.

Pero esto no siempre ha sido así. Este concepto, mucho más profundo y complejo de lo que se pueda pensar, ha sufrido una evolución enorme a lo largo de la Historia.

Por ejemplo, el romancero es un conjunto de composiciones o poemas anónimos escritos en los siglos XIV-XV para ser cantados o recitados, pero el carácter anónimo de esta obra no se debe a que su autor se olvidara de firmar o a que se desconociera el nombre, qué va. El autor de esta obra es todo el pueblo, una colectividad. Y es que por aquellos tiempos no tenía tanta importancia quién hacia las obras (total, al final estaban todas hechas por Dios). Sí, como lo oyen, el concepto de autor no se parecía en nada a lo que hoy en día conocemos.

Otro buen ejemplo, pero de distinto planteamiento, es la figura de Alfonso X El sabio. En general, los reyes y mecenas eran los que figuraban como autores en la producción de las obras (aunque no cabe duda de que en el caso de este personaje su implicación fue bastante más significativa). He encontrado un texto muy ilustrativo que sin duda nos aclarará un poco las cosas:

"El monarca castellano reunió en su corte a un grupo de traductores, redactores, copistas, miniaturistas que trabajan en conjunto. La autoría del rey no se corresponde con el concepto de 'autor' que hoy tenemos. El rey organiza el trabajo, lo dirige, supervisa el resultado final. Se explica la tarea del monarca en el prólogo de la General Estoria (¿quizás de la mano del propio rey?): 'El rey face un libro, non porque él escriba con sus manos, mas porque compone las razones de él, e las enmienda e yegua e enderesza e muestra la manera de cómo se deben fazer, e de sí las escribe quien él manda'. Del mismo modo, cuando se dice 'el rey faze un palacio e alguna obra, non e dicho por que lo él fiziese con sus manos, mas porque él mandó fazer e dio las cosas que fueron menester para ello'. La intervención del rey en la dirección de una obra se percibe perfectamente, por ejemplo, en la elaboración de la Historia de España. De esta obra nos ha llegado diversas redacciones, que interpretan acontecimientos históricos...".
(De Los libros en la Edad Media).

Es decir, ¿alguien sabe quién lo escribió? Desde luego, en este caso no fue el que figuraba como autor.

Es en el siglo XVIII y comienzos del XIX donde el concepto de autor adquiere el significado actual y (qué casualidad) coincide con dos hechos muy significativos:

– La creación de la imprenta, que permitió la edición y distribución masiva de las obras y

– El invento de los derechos de autor o copyright.

Saquen ustedes sus propias conclusiones... Claro, si hay pasta de por medio habrá que saber quién la cobra, ¿no?

Todo esto va unido al comienzo del naciente capitalismo y una nueva clase social, la burguesía, que anhela la noción de propiedad. Es decir: podríamos afirmar que el concepto de autor es básicamente un concepto moderno.

Moisés Hergueta, Picada


PERO NO SE VAYAN TODAVÍA, QUE AÚN HAY MÁS…

En la búsqueda de la anonimia me he encontrado con un interesantísimo artículo de Ramón Pérez Pareja:

"A finales de los sesenta, Roland Barthes, Michel Foucault y Jacques Derrida, los tres pensadores más activos de la Deconstrucción, proclamaron la crisis de la autoría, vinculada a la crisis del yo."

Verán, primero llegó Nietzsche y proclamó la muerte de Dios, luego Marx y Hegel la muerte del arte, y por último llega nuestro amigo Barthes y plantea la "muerte del autor". En fin, que al final no queda ni el apuntador. Voy a intentar comentar las ideas más significativas de este complejo mundo ideológico, si es que es posible.

1. Se pasa del anonimato medieval al individualismo del genio romántico.

2. El lector pasa a una dimensión pasiva.

"Esta idea romántica presupone que el autor ocupa el centro de la obra y el texto es el vehículo del significado que el escritor quiso darle. El papel del lector sería sencillamente el de intentar entender lo que el autor deseó comunicar. La lectura constituiría entonces una actividad pasiva."


3. La obra pasa a ser considerada como una mercancía que es necesario regular mediante leyes.

La Deconstrucción plantea que:

1. El autor se ve afectado por múltiples variables: el contexto social, la cultura, la lengua en la que escribe y hasta los mismos personajes sobre los que escribe.

"…el autor debe ser despojado de su rol de artífice para pasar a ser analizado como una función compleja y variable"

"Nunca puede saberse quién escribe, si el autor o los personajes que de alguna manera le obligan, el individuo o su experiencia personal, la psicología de la época o, en realidad, la propia escritura, por la simple razón de que ponerse a escribir es renunciar a la individualidad e ingresar en lo colectivo. Desde el instante en que cogemos la pluma, escribimos tal como nos han enseñado, con una retórica determinada, con una sintaxis, una gramática y unos tropos ya fijados desde la Antigüedad, con un lenguaje que nos rodea y nos envuelve en un murmullo incesante: un gran almacén de citas y signos de muy diversos centros de la cultura que operan como intertextos. La escritura impone una tradición y unas leyes que el autor debe aceptar; su contribución es mínima. Barthes sostiene que la escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que va a parar nuestro sujeto, el blanco y negro donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe. "

2. La obra no termina cuando el autor deja la pluma, sino en el lector que interpreta las ideas de ste.

3. La ausencia de significado estable de los textos.

La obra es, de esta forma, algo abierto perteneciente a un colectivo, el de los lectores. Podría entenderse, y esto es de mi cosecha, que la obra es como un borrador abierto que está siempre susceptible de ser versionado, de ser alterado en la mente del lector o por otros autores.

"El poeta debe asumir la imperfección del texto. El escritor sólo alcanza a producir sugerencias de significado, pero es el lector quien las define y quien la completa porque es en el lector donde la obra se cumple en la misma medida que el mensaje de una obra de teatro sólo alcanza su plenitud en la representación".

"…no sería el autor el que produce el texto, sino el texto el que da origen a la entidad del autor"

4. El autor en internet: En su última reflexión Ramón Pérez Pareja observa cómo las nuevas tecnologías han puesto de manifiesto de nuevo el debate.

"… Por lo pronto, se produce una democratización de la autoría, ya que poco importa el prestigio del nombre propio del autor a la hora de poder publicar en internet. Muchas almas solitarias, sumidas en el anonimato (si lo prefieren) o en los estrechos márgenes de una dirección de correo electrónico, exhiben sin pudor sus obras; una turba de exiliados expone ante el mundo entero su tedio, su imaginación y sus fantasías. Poco importan entonces los nombres. Existe la posibilidad en muchos casos de interferir a placer en los textos de la red o, en su caso, sugerir al autor cambios y transformaciones sustanciales, incluso proponer que se dedique a otra cosa. El lector se convierte en el verdadero artífice de la obra y muestra definitivamente su vasto poder, hasta ahora sólo sugerido como promesa de futuro por Barthes, Foucault y Derrida."

Hasta ahora, y si lo he entendido bien, no se trata de negar o no la importancia del escritor, sino de entender la obra como algo abierto. El lector adquiere tanto protagonismo como el escritor en un devenir entre ambos, una interacción. La responsabilidad de una obra recae ahora sobre un pensamiento colectivo que atañe a la comunidad de escritores-lectores.

Pero hay quien lleva esto un paso más allá. En un artículo de Luis Bernard en Kaputt defiende el anonimato atacando duramente la autoría, en un idealismo de la anonimia. Cito textualmente:

"…El dominio de la autoría a destajo impone la negación de la obra al mismo tiempo que niega al verdadero creador anónimo y plural de lo literario, diluyéndolo en una contingencia de individuación mentirosa. Es un fetichismo de autor que transforma al escritor en un instrumento a plazo fijo, en un objeto de oferta frente al que la tímida búsqueda del anonimato no puede más que sucumbir a la maldición de su propio anacronismo."

Pero no todo el mundo no puede estar de acuerdo: Daniel Massei contesta con dureza. Quisiera pedir disculpas por sacar de contexto los puntos tercero y sexto de una tesis que argumenta concienzudamente tras la exposición de los hechos. Contesta en otro escrito al autor anterior, apodado Bardamu:

"3. No acepto autores a medias. Acepto la heteronimia (alguien nombraba a Pessoa y se me podría argumentar hasta a César Tiempo y su famosa Clara Better, por ejemplo) y acepto los seudónimos y acepto la firma, acepto todo. Lo único que me rompen las pelotas son los nicknames, porque en el concepto de "sobrenombre" está la mutación, el engaño, la estafa. Un nombre de fantasía que esconde un rato y que luego muta en otro. Conozco muchos casos de gente que lleva abiertos tres o cuatros blogs, enarbola cualquier barbaridad y luego se cansa y abre otro con otro nombre y vuelve a enarbolar cualquier otra barbaridad, incluso opuesta. A mí no me gusta. A diferencia de Bardamu, no concibo la literatura sin un autor dispuesto a aceptar las culpas, los odios y los rencores que generen sus palabras. Lo pueden llamar fetichismo, aeromodelismo, numismática o como se les ocurra, pero yo sólo leo autores, únicamente autores: el kamasutra me aburre. Y creo, honestamente convencido, que la firma es la única conquista sindical de los escritores. De no existir, toda la literatura producida hasta el día de hoy pertenecería sólo a los editores."

"6. La mayoría de la gente a la que le cuestiono el hecho que no firmen, me responden desde lo personal cuestiones parecidas a éstas: no quiero que mi tía me encuentre en Internet o no quiero que en mi trabajo alguien pueda leer lo que hago o causas por el estilo. Bueno, muy bien, respondo ahora desde lo personal: yo me banco que todos mis familiares me encuentren en Internet y me reclamen –por ejemplo– los pecaminosos conceptos que me la paso profiriendo sobre los dioses en los que creen, me banco que en mi trabajo lean lo que escribo y sospechen legítimamente el tiempo que les robo y me banco jamás en mi vida acceder a un crédito bancario porque lo primero que hacen los bancos hoy es buscar en Internet a sus potenciales clientes. Y a mí no me importa, yo sigo estando aquí y firmando. No exijo que se me acepte un nombre de fantasía, respaldo con todo lo que tengo lo que escribo y lo que pienso. No me guardo nada. Exijo sí, un mínimo de reciprocidad."

Y hasta aquí hemos llegado. Espero haberles ayudado a tener las cosas un poco menos claras, ya que eso significa que se estarán planteando alguna cuestión.

Piensen y lean, señores, y opinen, y obliguen desde este nuevo medio a tener que explicarse a sus escritores. No se conformen con nada, participen e interfieran en la opinión de cualquiera. Y acepten, al igual que yo, cualquier crítica que puedan hacerles.

Moisés Hergueta, Anonimia

Bibliografía:

Ramón Pérez Parejo: La crisis de la autoría

Luis Bernard: Recurso de anonimato

Daniel Massei: En contra del anonimato

Tino Hargén: Anonimia, colectividad, autoría
(nota: para ver el texto con Firefox, seleccionarlo todo, porque sale del mismo color que el fondo).

Edad Media: música y poesía en la corte del Rey Sabio

Los libros en la Edad Media

La propiedad intelectual: guía legal

Antecedentes históricos de la propiedad intelectual

Anonimia: definición (WordReference)

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martes, febrero 20, 2007

PARA LLEVARSE A LA CAMA...

"De aquella etapa recuerdo que arrojaba con alegría el tiempo por la borda, en la esperanza de que el globo alzara vuelo y me llevara a un futuro mejor. Loco anhelo, pues siempre seremos lo que ya fuimos."

Eduardo Mendoza, El misterio de la cripta embrujada.

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martes, febrero 06, 2007

VOLVER

Volver a un lugar lejano del que no me acordaba.

Volver a las fronteras, a los límites,

a los trapos sucios que se lavan en casa.

Volver a las extensiones de cartones y bolsas de plástico rodeando la frontera de Melilla con Marruecos.

A las señoras del Club Marítimo.

A los bolsos de Chanel de imitación y los perfumes caros de Cristian Dior.

Al pensamiento gregario que me marginaba.

Al ¿a dónde vas sola?

Al aquí todos nos conocemos.

A la amabilidad de las vecinas, al calor de sus faldas y también a sus chismes.

A un barrio de obreros revestidos de señores.

VOLVER

a la tierra que me vio nacer,

al lugar donde ya no queda nada de mí,

a ser una extraña inadaptada.

Al aquí nunca pasa nada. ¡Esto es mu’ tranquilo!

Y ten cuidado que roban mucho.

VOLVER.

Volver a resistirme a llegar

a un lugar en el que llevo un año y medio viviendo.

A las ideas fijas.

A los prejuicios de cómo debía haber sido…

Al recuerdo de una canción…





Volver
con la frente marchita
las nieves del tiempo
platearon mi sien.

Sentir
que es un soplo la vida
que veinte años no es nada
que febril la mirada
errante en las sombras
te busca y te nombra.

Vivir
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez.

Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida.

Tengo miedo de las noches
que pobladas de recuerdos
encadenan mi soñar.

Pero el viajero que huye
tarde o temprano
detiene su andar.

Y aunque el olvido
que todo destruye
haya matado mi vieja ilusión,
guardo escondida
una esperanza humilde
que es toda la fortuna
de mi corazón.


VOLVER

con una letrilla a entender,

a escribir, a sentir, a soñar,

a mirar por primera vez.

MIRAR

las sonrisas como si las dibujaran,

los colores como si fueran nuevos,

las nubes perdidas en el cielo.

VOLVER a tus ojos profundos

que perciben la monotonía disfrazada de saber.

Devuelta al lugar de donde vienen las cosas,

donde se inventan los símbolos,

se confecciona el entendimiento,

se fabrican la realidad y los sueños.

VOLVER a percibir como si fuera arte,

como si fuera emoción que respira

un aire más puro y dulce.

SOLO siento no poder hacerlo con intensidad.

Que mi lenguaje sea tan pobre como ves

y que por mucho que lo disfrace de metáfora

jamás llegará a la ser la emoción del espectador

ni el viajero que observa.


No puedo decir que sea lo más hermoso que he escrito en mi vida, pero desde luego sí es sincero. El caso es que el año pasado vi la película Volver en el cine y me conmocionó. Un año más tarde descubro por qué y lo hago al querer ponerme a escribir para el blog. Un montón de ideas inconexas, un nudo en el estómago. Quería volver a escribir, responder al calor y la insistencia de Susana para que me engache con ella a este proyecto, creyendo en mi capacidad cuando es algo que yo no he hecho en toda mi vida, y quiero aprovechar para darle mi más sentido agradecimiento.

Porque aunque es muy posible que esto no merezca la pena leerlo, sí merece la pena escribirlo.

Considero que el arte no es algo que se alcanza sino una PRÁCTICA.

Entonces quise después de mucho, pero que mucho tiempo ponerme a escribir de nuevo. Quería volver a trabajar con Susana como en otros tiempos. Y, bloqueada, la única palabra que venía a mi mente era VOLVER.

Volver es la síntesis.

Los significados de volver:

1. Volver al interior de uno mismo: EL VIAJE.

2. Volver al lugar que me vio nacer: LAS RAÍCES.

3. VOLVER, la película: EL ESPECTADOR COMO SUJETO IMPRESIONABLE.

(Extraordinaria obra de Almodóvar de la que no diré nada porque creo que todos tenemos suficiente con el subidón mediático de los Goyas, pero con la que he mantenido una estrecha relación no tanto por la indudable belleza de este film, sino por el diálogo entre mis reflexiones y las de la película).

4. Volver a escribir: EL PROCESO CREATIVO.

5. Volver a aprehender: LA PLENITUD.

El sujeto que comienza a realizar un proceso creativo no es el mismo que el que lo ha terminado.

¿Cuál es el significado de la cosas? ¿Dónde y cómo empieza el arte? ¿Qué representa en la vida de las personas? ¿Qué pequeña diferencia hace las cosas más hermosas?


“Coges un vaso y bebes agua.

Coges un vaso, te detienes, observas lo que te rodea, recuerdas los momentos que has estado en ese mismo lugar y bebes agua.”

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jueves, enero 18, 2007

Y EL ARTE, ¿ESO QUÉ ES?

Hace ya varios días, abrí el correo de CPA y me encontré con esta pregunta de Belén Cobeta:

Llevo varias semanas haciendo esta pregunta a amigos y conocidos que o bien muestran interés en el ARTE, o bien son ARTISTAS ellos mismos: ¿Qué es el ARTE?


Hasta ahora, ninguno de ellos, ni el diccionario de la RAE tampoco, me han dado una respuesta satisfactoria. ¿Cómo lo definiríais vosotras?

Así, sin anestesia ni nada. Me puse a pensar en qué podía responderle. Pensé, y pensé, y pensé, y en un instante la solución vino a mi mente como unos faros que deslumbran a la vuelta de una curva:

- Tengo que echarle el muerto a otro.

Así fue como el teléfono llevó mi voz desesperada allende los mares, a la casa de Anonimia. Y así fue también como, tras algo muy parecido a esto (yo soy el de las gafas),



el trece de enero de 2.007, a las diez y media de la noche, en algún restaurante de algún puerto de España, el alto mando de CPA (lo que viene a ser Anonimia y yo) se reunía con carácter urgente para tratar de poner fin a la crisis. Y estas son las conclusiones que se obtuvieron:

Vale, si vamos a ser sinceros, estas son las conclusiones que ANONIMIA obtuvo, mientras yo la dejaba hablar y me dedicaba a la más prosaica pero no menos compleja tarea de ingerir dos enormes porciones de queso Camembert frito con cebolla confitada y una deliciosa ensalada, todo a la vez y sin respirar:

Anonimia: ¿Qué es el arte? Bueno, el autor Noséquénosécuántos que es director de orquesta y bla, bla, bla... (perdonen, trato de transcribir literalmente, pero ya les digo que estaba muy ocupada) dice que el arte implica una intención de comunicar por parte del ser humano.

Susana: Mm.

A: Y no sé si fue Aristóteles, o algún otro, quien dijo que era la voluntad de crear algo bello y armonioso. Así que el arte es algo que el hombre hace con una determinada intención: recrearse, contar una historia, reflejar sus sentimientos u honrar a sus dioses, por ejemplo.

En ese momento yo, que llevaba mi arsenal preparado en el bolso, levanté la cabeza del plato, sonreí, saboreando ya el triunfo (o tal vez fuera la salsa), y esgrimí la copia de un correo que acababa de recibir del artista David Ymbernon, inteligente y amabilísima víctima de mis interrogatorios. Decía así:

Para mí arte es precisamente eso, la no definición a la práctica del término, cualquier cosa puede ser arte y cualquier arte puede dejar de ser obra de arte. Tan importante es el objeto como el artista o como quien lo observa, y hay muchas maneras de observar.

S: Anda, chincha. Si cualquier cosa puede ser arte, no tiene que haber una intención por parte del hombre. Tu teoría hace aguas. Y no me dirás que David Ymbernon no sabe de qué está hablando, porque para eso es su trabajo y muy bien que lo hace.

A: Sabe perfectamente de qué habla. Eso mismo lo dijo Talytal Pascual, que era (aquí viene una larga ristra de estudios y cargos) y también sabía lo que decía.

S: Oséase, que tiene que haber intención humana para que haya arte, pero a la vez no tiene por qué haberla.

A: Ajá.

S: Y un garabato que intenta comunicar es, mejor o peor, arte.

A: Sí.

S: Y una hoja que cae, o un ladrillo en una obra, si te dicen algo son arte.

A: También.

S: Bien, vale. Me solucionas esto y luego vamos a por el asuntillo ese de la mecánica cuántica y la relatividad.


Anonimia sonrió con esa expresión de "tengo la solución pero no te la voy a decir" que, estoy segura, usa para atormentar a sus alumnos sacándoles de quicio. Sintiendo que caminaba sobre arenas movedizas, decidí redoblar el ataque: saqué Memorias de Manhattan, el libro que por entonces estaba leyendo (ya lo he terminado y muy pronto les hablaré de él, merece la pena) y lo abrí por un párrafo que previamente había señalado, y que decía así:

El arte enseña a mirar: a mirar el arte y a mirar con ojos más atentos el mundo. En los cuadros, en las esculturas , igual que en los libros, uno busca lo que está en ellos y también lo que está más allá, una iluminación acerca de sí mismo, una forma verdadera y pura de conocimiento. (...) Lo que le pide uno al arte es la revelación de una máxima intensidad de la experiencia, reducida a sus elementos más puros, condensada en el espacio y en el tiempo, material y simbólica, tangible como una moneda, ilimitada como ella en sus posibilidades.

S: ¿Y ahora qué, eh? ¿Es o no el arte una experiencia condensada? ¿Tiene que haber intención para eso? ¿Por parte de quién? ¿Del artista? ¿Del espectador? ¿Puede que un día algo sea arte y al día siguiente ya no? ¿De qué depende eso? ¿No nos van a traer nunca la carta de postres?

Anonimia, en parte para acallar mi angustia y en parte para acallarme a mí un ratito, me contó el siguiente cuento sufí:

"Dícese de tres hombres ciegos de nacimiento, que discutían sobre los elefantes. Llegando a la conclusión de que poco sabían sobre el tema, resolvieron acercarse a un elefante para investigar , y luego reunirse a compartir sus observaciones, por lo que pidieron a otras personas que los acercaran a algún elefante.

El primero de los ciegos quedó al lado de la pata de un elefante; el segundo, cerca de la trompa; y el tercero, en la parte de atrás. Y los tres se dedicaron a estudiar su elefante con los sentidos de que disponían.

Una vez que los tres llegaron a su propia conclusión, se volvieron a reunir para compartir sus experiencias:

-El elefante es como una gran columna rugosa, maciza, inamovible, que nace del suelo y se eleva, -dijo el primero de los ciegos.

-¡De ninguna manera! -le interrumpió el segundo- De cierto y por mis observaciones puedo decir que el elefante es un tubo flexible que en uno de sus extremos es húmedo.

-¡No discutan! Sin lugar a dudas es el elefante una masa gigantesca y rugosa, sostenida sobre dos columnas que se mueven, y que en la parte superior tiene una soga que se mueve como un látigo".


A: Cuando hablamos de conceptos tan abstractos como al arte, el amor, la libertad, a lo más que podemos aspirar es a practicarlo muchísimo, a vivirlo, y tal vez, con el correr de los años y si somos afortunados, podemos aspirar, como los ciegos del cuento, a vislumbrar una parte de la verdad. Todos a quienes has preguntado o leído tienen razón... en parte.

Ahora, por fín, lo entendía. En realidad todos hablaban de lo mismo, cada uno desde su ángulo particular. Así que era eso...

A: Pero siempre habrá quien te diga que todo esto no son más que tonterías...

Miré a mi alrededor, dispuesta a sacar la cuchara de la tarta y metérsela por la oreja a quien se atreviera a aguarme la fiesta, ahora que por fin me había enterado.

A: ...y llevará razón, también...

S: No me hagas esto...

A: ...porque el ser humano no puede estar tratando siempre con los conceptos así en crudo. Necesita reducirlos a una forma que su mente pueda agarrar... a SU verdad, la verdad particular de cada uno. El arte, al final, es la vivencia que cada cual tiene del arte. No puede ser de otra manera.

Y en aquel momento, por alguna razón, me acordé de Platón y de sus Ideas y de cómo exponía sus teorías contándolas en forma de diálogo con un alumno tonto, y luego vine a casa y me puse a escribir...

Espero, Belén, que si bien si no te hemos servido de mucho, al menos no hayamos contribuído a aumentar tu estado previo de confusión. Simplemente, no damos para más.

Por cierto, ¿y para ti, qué es el arte?


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jueves, diciembre 14, 2006

"PORQUE LO DIGO YO" Y OTRAS FORMAS DE DIÁLOGO

Nota: En azul, texto de Adrià; en verde, texto de Schopenhauer; en gris, texto de Susana.

En parte por aclamación popular (de uno de nuestros lectores), y en parte porque este amable lector nos ha dado casi todo el trabajo hecho (y muy bien hecho), dedicamos esta entrada a ese curioso, incisivo, extraño personaje que fue Arthur Schopenhauer.


Permítanme una pequeña introducción. Arturo vivió a finales del siglo dieciocho y principios del diecinueve en Alemania. Era un chico con bastante tiempo libre, circunstancia que en la mayoría de la población suele causar estragos: ahí están, sin ir más lejos, Carmen de Mairena o Paco Porras, el vidente de las verduras. Pero Arturito, por suerte, prefirió los libros a las hortalizas y dio en convertirse en una especie de Tote King de la Filosofía: clarito y a la yugular. Arremetía, con bastante sentido del humor y por igual, contra la esclavitud, las mujeres, los demás filósofos, la estupidez o, cuando tenía un mal día, el ser humano en general. Fue uno de los primeros pensadores occidentales en interesarse por las filosofías orientales. Cuando se publicó la que hoy es considerada piedra angular de toda su producción,
El mundo como voluntad y representación, no se enteraron ni en la librería de su barrio, fría acogida que él jamás perdonaría al mundo académico. Tuvo que esperar a publicar Parerga y Paralipómena (un compendio de pensamientos sueltos sobre diversos temas) para ver reconocido su trabajo. A partir de entonces despertó pasiones, e influyó en individuos tan dispares como Richard Wagner, Friedrich Nietzsche, Sigmund Freud o Sören Kierkegaard. Le encantaba, de vez en cuando, dejar a un lado la metafísica y reflexionar sobre asuntos que suelen preocupar a más gente, como el amor, el dolor, el aburrimiento o la forma de ganar las discusiones con la suegra. Precisamente de discusiones trata el libro de Schopenhauer cuya reseña nos envía Adrià, El arte de tener razón. Cuéntanos, Adrià:

Hoy les vamos a hablar de uno de los libros menos conocidos pero no menos interesantes de Arthur Schopenhauer, El Arte de tener razón expuesto en 38 estratagemas (¡toma ya!). Comenzaré contándoles que este libro nunca se llegó a publicar en su vida, aunque ésta era su voluntad.

El sr. Schopenhauer vivió por allá la primera mitad del siglo XIX, ya saben, después del follón que se montó con lo de la Revolución Francesa; el Racionalismo, el gusto por los clásicos y el fuerte sentimiento nacional estaban a la orden del día.

Nuestro filósofo, influenciado claramente por Kant y Platón, escribió el libro que nos ocupa desde su acomodada posición social, que le permitía no tener que trabajar.

Empieza Schopenhauer el libro aclarándonos que la erística es el arte de discutir pero, ¿de qué sirve discutir contra otra persona que conseguirá la razón, la tenga o no? No lo olvidemos, somos humanos y esto nos condena a querer demostrar que nuestro punto de vista es el válido. Y aquí es donde entra en juego el libro: si tenemos por adversario en una discusión a alguien cuyos razonamientos -legítimos o no- nos pueden desmontar nuestra tesis, ¿no nos será de utilidad conocer los argumentos que utilizará y, sobre todo, cómo derribarlos?
Schopenhauer, incluso etiquetando con nombres algunas tácticas, nos lleva a través de ejemplos por distintas situaciones en las que una frase pronunciada con más o menos malicia/astucia/moralidad nos permitirá conseguir la razón.

Permítanme (y esto va dirigido a los editores de Alianza Editorial) que les transcriba una de las estratagemas -digamos curiosa- para ponerles en situación:

Estratagema 15:
Si hemos expuesto una tesis paradójica que no sabemos cómo demostrar, proponemos a la aceptación o rechazo del adversario cualquier tesis correcta, cuya corrección no sea, sin embargo, en exceso manifesta, como si quisiéramos extraer de ella la demostración: si la rechaza por desconfianza, le reducimos ad absurdum y triunfamos: si la acepta, por lo pronto ya hemos dicho algo razonable, y luego ya veremos.

Quicir: si nos hemos metido en camisas de once varas y no sabemos cómo demostrar lo que estamos diciendo, soltamos cualquier cosa que sea verdad. Por ejemplo, está usted discutiendo con su señora sobre las tareas domésticas, y no ve la forma de demostrarle que, realmente, no es necesario fregar los platos a diario. En el momento más acalorado de la riña, usted le suelta: "Pero estarás de acuerdo en que el Mistol ha subido de precio". Cuando ella diga que sí, usted responde, con todo descaro: "¿Ves como tengo razón?" y da la discusión por terminada. Ha ganado. Les parecerá absurdo, pero yo he visto exactamente el mismo planteamiento en no se qué revista o libro de autoayuda. ¿Deberíamos, tal vez, incluir a los redactores de la Cosmopolitan entre las mentes sesudas que han recibido la influencia de Schopenhauer?

Esto requiere la desvergüenza más extrema: pero de hecho ocurre, y hay gente que practica todo esto instintivamente.

Vamos, una pequeña perla. Eso sí, que haya relatado y organizado todas estas estratagemas no significa que las haya utilizado; simplemente nos precave de que ahí están.

La verdad es que, según cómo se enfoque, el libro parecerá más humorístico que filosófico. ¿Quién dijo que la filosofía era aburrida? ¿Y quién dijo que no servía para nada?

A ver si se animan a leer el libro, si no lo han hecho ya, y en los comentarios nos explican si han recurrido a alguna estratagema para conseguir la razón.

Y, mientras esperamos, dejemos hablar un poco al maestro:


"Nada muestra mejor la ignorancia del mundo como alegar, cual prueba de los méritos y valía de un hombre, que tiene muchos amigos. ¡Como si los hombres otorgasen su amistad con arreglo a la valía y al mérito! ¡Como si, por el contrario, no fueran semejantes a los perros, que aman a quien les acaricia o solamente les echa huesos que roer, sin más halago! Quien mejor sabe acariciar a los hombres - aun cuando sean asquerosas alimañas -, ese tiene muchos amigos."

De Parerga y Paralipómena

"¡Ah! Cuando la calidad de la sociedad pueda sustituir a la cantidad, entonces merecerá la pena vivir aunque sea en el gran mundo, pero cien necios puestos en montón no hacen un hombre de talento".
De Parerga y Paralipómena

"Así pues debemos abrir puertas y ventanas a la alegría, siempre que se presente, porque nunca llega a destiempo, en vez de vacilar en admitirla, como a menudo hacemos, queriendo primero darnos cuenta de si tenemos motivos para estar contentos por todos conceptos, o por miedo de que nos aparte de meditaciones serias o de graves preocupaciones; y sin embargo, es muy incierto que ellas puedan mejorar nuestra situación, al paso que la alegría es un beneficio inmediato. Ella sola es, por decirlo así, el dinero contante y sonante de la felicidad."

De Parerga y Paralipómena

"Lo que se opone más al hallazgo de la verdad no es la falsa apariencia que surge de las cosas, llevando al error, ni tampoco inmediatamente la debilidad de la inteligencia, sino la opinión presupuesta, el prejuicio que se impone como impedimento a priori a la verdad."

De Parerga y Paralipómena

"Toda satisfacción, o lo que comúnmente se llama felicidad, es, por su naturaleza, siempre negativa, nunca positiva. No es algo que exista por sí mismo, sino la satisfacción de un deseo, pues la condición primera de todo goce es desearle, tener necesidad de alguna cosa. Mas con la satisfacción desperece el deseo y por lo tanto cesa la condición del placer y el placer mismo. De aquí que la satisfacción o felicidad no pueda ser nunca más que la supresión de un dolor, de una necesidad"

De El mundo como voluntad y representación, vol. I


Para saber más:

Página dedicada a Schopenhauer.

Citas de Schopenhauer.

Texto completo de El mundo como voluntad y representación.


Descarga recomendada:

Arthur Schopenhauer: Dialéctica erística o el arte de tener razón.




Arthur Shopenhauer, candidato a pelo Pantene.


¡Gracias, Adrià!

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